RESULTA DIFÍCIL…..
Es desde hace muchos años un reto para la sociedad la inclusión de las personas con discapacidad en entornos ordinarios. Hacerlo realidad es un compromiso de todos, en este sentido, por ejemplo en materia educativa, la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación, se inspira en los principios de calidad y equidad, haciendo hincapié en la igualdad de oportunidades, la inclusión educativa y la no discriminación con especial atención al alumnado que presente discapacidad. Pero, ¿cómo se entiende esa inclusión en la práctica diaria?. La realidad es que aún se mantienen situaciones de segregación explícita y que no se contemplan en las normas citadas. Por ejemplo, la forma en la que se deciden algunas de las modalidades de escolarización más restrictivas, las pocas oportunidades de inclusión que se dan a las personas en el entorno escolar, la incongruencia en el diseño de programas que más que favorecer la participación activa de la persona en el mundo laboral favorecen actitudes contrarias en el alumnado, potenciándose desde estos programas prácticas que nada tienen que ver con la autonomía personal, la inclusión social y el empleo.
Para que se pueda cumplir este principio de inclusión debemos incorporar en nuestra rutina diaria actitudes distintas así como una forma de intervención diferente. Aun nos apoyamos en un lenguaje que se centra en el diagnóstico o etiqueta de la persona, convirtiéndose éste, en el punto de referencia de nuestra intervención. Me pregunto el por qué hacemos tan difícil este proceso, por qué no respetamos a las personas y logramos ver sus capacidades en vez de centrarnos en sus limitaciones. Por qué no nos ponemos en su lugar cuando tomamos una determinada decisión y pensamos si esa decisión o mejor dicho, la forma de hacerlo o de llevarla a cabo, es la que verdaderamente me gustaría que me hicieran. Considero que si nos pusiéramos en su lugar siempre, en más de una ocasión tomaríamos decisiones distintas, respetando en su caso las decisiones e intereses de cada persona. Teniendo en cuenta todo lo anterior, me temo que la realidad se centra en intereses que nada tienen que ver directamente con la persona objeto de nuestra intervención; ya que, en el día a día …..resulta difícil realizar intervenciones que requieren una máxima implicación con la persona, resulta difícil tener que plantear un trabajo sistemático a diario, resulta difícil tener que supeditar las conversaciones de un día cotidiano a sus intereses personales, resulta difícil que mantengan comportamientos adecuados si no les damos la oportunidad de que puedan demostrarnos hasta que punto pueden realizarlos, resulta difícil planificar desde la individualidad de la persona, resulta difícil no apoyarse en una etiqueta para demostrar su valía, resulta difícil un día a día lleno de barreras que debemos superar, resulta difícil que tomen sus propias decisiones, resulta difícil respetarlas…resulta difícil… PERO NO IMPOSIBLE... cambiar nuestras formas de intervención, nombrar a las personas por su nombre, hablar de las necesidades de la persona sin enmascararlas tras una etiqueta, velar por su individualidad, favorecer la autodeterminación de la persona cada día, cada minuto, cada segundo, no imponerles nuestras creencias o lo que nosotros como profesionales creemos que es más adecuado sin preguntarles previamente por sus deseos e intereses, dejar que salgan de esa “indefensión aprendida” a lo largo de los años, darles apoyo cuando sea necesario, y lo más importante no exponerlas a situaciones en las que su imagen pueda ser dañada…..en una palabra… RESPETARLAS.
El artículo es precioso y muestras de forma muy clara y comprometida tu visión del tema. Coincido con tus planteamientos. ¡Qué bien!
ResponderEliminar¡Felicidades por el blog!
Rafael
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